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                                                                  Carta No. 5


                   2º. hay párrocos, vicarios, simples sacerdotes o seglares, que
                   vienen de tiempo en tiempo a hacer retiros;


                   3º hay sacerdotes y canónigos, que vienen a pasar sus días
                   en paz;

                   4º hay algunos sacerdotes, pero la mayoría son personas que
                   estudian teología y filosofía, y en su mayoría visten traje
                   seglar o hábito corto; de tal suerte que estas personas tienen
                   casi todas reglamentos diferentes que se trazan a sí mismas
                   y tomando de la regla común lo que mejor les parece.

                   Confieso que no es culpa del señor Lévêque el que no se
                   observe la regla. Él hace lo que puede, no lo que quiere.
                   Esto especialmente en relación a algunas personas de casa
                   a quienes no agradan mucho sus modales, aunque sencillos
                   y muy santos.


                   Siendo ello así, me siento, desde mi llegada, como perplejo
                   entre dos sentimientos al parecer opuestos. Por una
                   parte, experimento una inclinación secreta al retiro y a la
                   vida escondida, para aniquilar y combatir mi naturaleza
                   corrompida, deseosa de manifestarse. Por otra, siento
                   grandes anhelos de hacer amar a Nuestro Señor y a su
                   Santísima Madre, de correr en forma pobre y sencilla a
                   dar el catecismo a los pobres del campo y de excitar a los
                   pecadores a la devoción a la Santísima Virgen.  Es lo que
                   hacía un piadoso sacerdote muerto aquí hace poco en olor
                   de santidad: iba de parroquia en parroquia enseñando el
                   catecismo a la gente del campo a expensas de la Providencia.

                   Padre carísimo, no soy digno ‒es verdad‒ de empleo tan
                   honorífico; pero, ante las necesidades de la Iglesia, no
                   puedo menos de pedir continuamente con gemidos una
                   pequeña y pobre compañía de sacerdotes ejemplares que
                   desempeñen ese ministerio bajo el estandarte y protección
                   de la Santísima Virgen. Trato, sin embargo ‒aunque con
                   dificultad‒, de calmar estos anhelos, por buenos y continuos
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