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              Obras Completas de San Luis María Grignion de Montfort


              amable y maternal a todas las Hermanas sin distinción,
              a fin de que éstas acudan a ella con entera confianza en
              las turbaciones, dificultades, escrúpulos, inquietudes y
              tentaciones.
              312  Observa ella misma, con todas sus fuerzas, las Reglas
              y Constituciones sin afectación, sin buscar ni aceptar ventaja
              alguna para sí ni en el vestido, ni en el comer, ni en ninguna
              otra cosa; sino que será igual a las demás, según lo exijan
              las necesidades.

              313  Dará  ordenes  a  algunas  Hermanas,  o  a  todas  en
              general, con palabras y actitudes serias, pero suaves; con
              semblante y porte seguros, pero amables y humildes, y con
              el corazón rebosante de amor y deseo del bien de aquellas
              a quienes ordena.

              314  Estará atenta a la pequeña célula de la congregación, a
              fin de que por todas partes se respire la paz y la concordia,
              la unión y el servicio muy amable de Jesucristo. Cada mes,
              cuando las Hermanas le rinden cuenta de su conciencia, las
              examina, investigando con discreción el estado actual de
              su ánimo, para luego ayudarles, estimularles, corregirles y
              aliviarles.

              315  Tendrá especial cuidado de las necesidades de las
              enfermas, a las que servirá con frecuencia personalmente
              en las enfermedades más graves.

              316  Educará con corazón paternal a las Hermanas que,
              como niños, son todavía débiles en la devoción, recordando
              lo que dice San Bernardo a quienes se dedican al servicio
              de las almas: “El cuidado de las almas no es a favor de los
              fuertes, sino para los débiles”. En efecto, si alguien te ayuda
              más de lo que tu puedes ayudarle, reconoce que tú no eres
              su padre, sino su igual. Los justos y perfectos no tienen
              necesidad de superiores y guías; ellos mismos son su ley y
              guía por la gracia de Dios, y hacen lo suficiente sin que se
              lo manden.
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