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              Obras Completas de San Luis María Grignion de Montfort


              pelota en juego: tan pronto la arrojan de un lado, ya la
              rechazan del otro, golpeándola con violencia. Es el destino
              de este pobre pecador. Así estoy, sin tregua ni descanso,
              desde hace trece años, cuando salí de San Sulpicio” (C 26).
              Sobre todo después de la aguda prueba de Pontchâteau, la
              cruz parece haber fijado su morada en él. Mas, al llevarla
              sobre sí, descubre cada vez mejor su misterio y con toda
              verdad y franqueza puede escribir: “No obstante, querida
              hermana, bendice al Señor por mí. Pues, me siento feliz en
              medio de mis sufrimientos, y no creo que haya nada en el
              mundo tan dulce para mí como la cruz más amarga, siempre
              que venga empapada en la sangre de Jesús crucificado y
              en la leche de su divina Madre. Pero además de este gozo
              interior hay gran provecho en llevar la cruz. Cuánto quisiera
              que pudieras ver mis cruces. Nunca he logrado mayor
              número de conversiones que después de los entredichos
              más crueles e injustos” (C 26; VD 154).
              Esta familiaridad con la cruz hace estallar su gozo que
              manifiesta en una fórmula nueva de saludo inicial, utilizada
              en sus cartas a partir del 15 de agosto de 1713: “¡Viva Jesús!,
              ¡Viva su Cruz!”. Entre 1694 y 1713 su saludo habitual era:
              “¡Que el puro amor de Dios reine en nuestros corazones!” Así
              expresaba su profunda convicción respecto del amor puro.

              La correspondencia de Luis María contiene y refleja el
              germen, el alma y con frecuencia el compendio de una unidad
              admirable, una constancia heroica, una rectitud ejemplar aún
              al seguir a veces vías aparentemente zigzagueantes.

              A los 19 años Luis María llega a París sin dinero, luego
              de haber hecho voto de no poseer  nada como propio. Se
              confía sin reserva a su “Padre que nunca le falla” (C 2).
              Con el rechazo absoluto de “revivir al mundo” (C 4), sólo
              desea que lo consideren “como muerto” (C 20), pues se ha
              desposado con la Sabiduría y la Cruz, que son sus “tesoros
              tan grandes que, si los conocieran, Montfort sería envidiado
              por los mayores ricos  y poderosos de la tierra” (C 20).
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