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Cartas
A su director le informa de sus proyectos, de sus grandes
deseos de hacer amar a Nuestro Señor y a su Santísima
Madre, de pedir continuamente con gemidos una pequeña
y pobre compañía de sacerdotes ejemplares (C 5, 6, 9).
Reitera que siempre tuvo inclinación por las misiones (C
11). Todo para expresar a quien considera representante
de Dios su deseo ardiente de seguir en todo y por doquier
la voluntad del Señor. Su resolución es no saber más que a
Jesús, Sabiduría eterna y encarnada, en su amor infinito a
los pobres, a los pecadores.
Luis María y la Cruz se sonríen recíprocamente. Él desea las
abyecciones, las humillaciones (C 15, 16, 26), porque conoce
la relación entre la Cruz y Jesús (ASE 172). Nunca Jesús sin
la cruz, ni la cruz sin Jesús, pues conoce los gozos que da
la cruz y sabe de su valor redentor (C 27).
Luis María está siempre listo a sacrificarlo todo, a sacrificarse
a sí mismo por la salvación de las almas porque conoce el
precio de las almas. “Las almas son tan preciosas ante Dios,
que por ellas ha derramado toda su sangre; y ¿yo no haré
nada? Emprendió por ellas tan largos y penosos viajes, y yo
no haré ninguno”. Arriesgó hasta su propia vida, y ¿yo no
arriesgaré la mía? ¡Ah! Sólo un pagano o un mal cristiano
pueden permanecer insensibles ante la inmensa pérdida de
estos tesoros infinitos: ¡las almas rescatadas por Jesucristo!”
(CM 6).
Recorriendo la correspondencia de Montfort, se tiene la
impresión clara de ver la transformación progresiva de su
alma. Lo que escribe, lo que predica, lo que practica, lo que
vive. Su sacerdocio se abre a la búsqueda, a la adquisición
y a la posesión de la divina Sabiduría. Cuanto más intensa
se hace la experiencia de la unión con la Sabiduría eterna y
encarnada, y esta unión invade todos los horizontes de sus
deseos, mejor comprende que la Sabiduría es la Cruz y que
la cruz es la Sabiduría.
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