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El Amor de la Sabiduría Eterna
Y si, en lugar de escucharla, cerramos el oído; si, en lugar de
buscarla, huimos de ella; si, en lugar de honrarla y amarla,
la despreciamos y ofendemos, ¿cuál no será nuestra
crueldad y cuál el castigo que recibiremos ya desde este
mundo? Dejando a un lado a la Sabiduría –dice el Espíritu
Santo–, se mutilaron ignorando el bien, y además legaron a la
historia un recuerdo de su insensatez, para que su mal paso no
quedara oculto (Sab 10,8).
Tres desgracias padecen durante la vida quienes se
despreocupan de la adquisición de la Sabiduría, a saber:
caen
1. en la ignorancia y la ceguera;
2. en la insensatez;
3. en el escándalo y el pecado.
Pero ¡qué! desdicha tan terrible la suya cuando a la hora
de la muerte oigan, a pesar suyo, a la Sabiduría, que les
reprocha: “Los llamé, y rehusaron (Prov 1,24). Les tendí
los brazos todo el día, pero ustedes me despreciaron; los
esperé sentada a la puerta de su casa, pero nadie vino a mí.
Pues yo me reiré de su desgracia, me burlaré cuando les alcance
el terror (Prov 1,26). ¡Seré sordo a sus gritos, ciego ante
sus lágrimas, no tendré corazón para conmoverme por sus
sollozos ni mano para prestarles ayuda!”
Y ¿cuál no será su desgracia en el infierno? Lean lo que
el Espíritu Santo ha dicho sobre las desdichas, llantos,
remordimientos y desesperación de los condenados, que en
el infierno –ya entonces demasiado tarde– reconocerán su
locura y desventura por haber despreciado a la Sabiduría
de Dios (Sab 5,1-14). Comenzarán a hablar juiciosamente,
pero ¡será ya en el infierno!
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