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↑ ÍNDICE


                                                     El Amor de la Sabiduría Eterna

                        4°   Por  último,  para  encubrir  mejor  su  engaño  bajo
                           velo de piedad, dicen que es un don de Dios, que
                           no lo concede sino a quienes se lo piden por largo
                           tiempo y lo merecen con sus esfuerzos y plegarias.

                   88   He recordado los desvaríos e ilusiones de esta vana
                   ciencia  para  que  no  te  dejes  engañar  como  tantos  otros,
                   pues  conozco  a  algunos  que,  después  de  gastos  inútiles
                   y  grandes  pérdidas  de  tiempo  en  busca  de  este  secreto
                   bajo  los  pretextos  más  bellos  y  piadosos  del  mundo  y
                   en  la  forma  más  devota,  han  tenido,  finalmente,  que
                   arrepentirse, reconociendo sus engaños e ilusiones.

                   Personalmente,  no  admito  la  posibilidad  de  la  piedra
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                   filosofal. El sabio Del Río  defiende y prueba su posibilidad.
                   Otros la niegan. Sea de ello lo que fuere, no es conveniente,
                   sino peligroso para un cristiano, el dedicarse a buscarla.
                   Sería injuriar a Jesucristo, la Sabiduría encarnada,  en
                   quien se esconden todos los secretos del saber y del conocer (Col
                   2,3), todos los bienes de la naturaleza, de la gracia y de la
                   gloria. Sería desobedecer al Espíritu Santo, que dice: No te
                   preocupes por lo que te excede (BenS 3,22).



                   4.    CONCLUSIÓN

                   89  Quedémonos, pues, con Jesucristo, la Sabiduría eterna
                   y encarnada, fuera de la cual todo es extravío, mentira y
                   muerte: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6).

                   Veamos los efectos de esta Sabiduría en las almas.










                   54  Martin Antonio del Rio, s.j. (1551-1608), quien en su libro Disquisitionum
                      magicarum libri sex (1599) defiende la eficacia de la alquimia.
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