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                                      Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen

                   de la tibieza y maldad de tus acciones y de la resistencia
                   a  sus  inspiraciones,  pero  que  toda  tu  confianza  está  en
                   María, su fiel Esposa. Dile con San Bernardo: “Ella es mi
                   suprema  confianza  y  la  única  razón  de  mi  esperanza”.
                   Puedes también rogarle que venga a María, su indisoluble
                   Esposa. Dile que su seno es tan puro y su corazón está tan
                   inflamado como nunca, y que, si no desciende a tu alma,
                   ni  Jesús ni  María  podrán  formarse en  ella  ni  ser  en  ella
                   dignamente hospedados.



                   3. DESPUÉS DE LA SAGRADA COMUNIÓN

                   270  Después  de  la  sagrada  comunión,  estando  recogido
                   interiormente y cerrados los ojos, introducirás a Jesucristo
                   en  el  corazón  de  María.  Se  lo  entregarás  a  su  Madre,
                   quien lo recibirá con amor, lo tratará como Él lo merece,
                   lo  adorará  con  todo  su  ser,  lo  amará  perfectamente,  lo
                   abrazará estrechamente y le rendirá en espíritu y verdad
                   muchos obsequios que desconocemos a causa de nuestras
                   espesas tinieblas.


                   271    O  te  mantendrás  profundamente  humillado  dentro
                   de ti mismo, en presencia de Jesús que mora en María. O
                   permanecerás como el esclavo a la puerta del palacio del
                   Rey, quien dialoga con la Reina. Y mientras ellos hablan
                   entre sí, dado que no te necesitan, subirás en espíritu al
                   cielo e irás por toda la tierra a rogar a las criaturas que den
                   gracias, adoren y amen a Jesús y a María en nombre tuyo:
                   Vengan, adoremos, etc. (Sal 95 [94],1).

                   272  O pedirás tú mismo a Jesús, en unión con María, la
                   llegada de su reino a la tierra por medio de su santísima
                   Madre, o la divina Sabiduría, o el amor divino, o el perdón
                   de  tus  pecados,  o  alguna  otra  gracia,  pero  siempre  por
                   María  y  en  María,  diciendo  mientras  fijas  los  ojos  en  tu
                   miseria:  No  mires, Señor, mis pecados  (ver  Sal  51  [50],11),
                   sino las virtudes y méritos de María. Y, acordándote de tus
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