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Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen
¡Qué riqueza! ¡Qué gloria! ¡Qué delicia! ¡Qué dicha! ¡Poder
entrar y permanecer en María, en quien el Altísimo colocó
el trono de su gloria suprema!
263 Pero ¡qué! difícil es a pecadores como nosotros
obtener el permiso, capacidad y luz suficientes para
entrar en lugar tan excelso y santo, custodiado ya no por
un querubín -como el antiguo paraíso terrenal-, sino por
el mismo Espíritu Santo, que ha tomado posesión de él
y dice: ¡Eres jardín cerrado, hermana y novia mía; eres jardín
cerrado, fuente sellada! (Cant 4,12). ¡María es jardín cerrado!
¡María es fuente sellada! ¡Los miserables hijos de Adán y
Eva, arrojados del paraíso terrenal, no pueden entrar en
este nuevo paraíso sino por una gracia excepcional del
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Espíritu Santo que ellos deben merecer! .
264 Después de haber obtenido, mediante la fidelidad,
esta gracia insigne, te es necesario permanecer encantado
en el hermoso interior de María, descansar allí con
seguridad y perderte en él sin reserva, a fin de que en
este seno virginal: 1) te alimentes con la leche de la gracia
y misericordia maternal de María; 2) te liberes de toda
turbación, temor y escrúpulo; 3) te pongas a salvo de
todos tus enemigos: demonio, mundo y pecado, que jamás
pudieron entrar en María. Por esto dice Ella misma: Los
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que obran por mí no pecarán (BenS 24,22) ; esto es, los que
permanecen espiritualmente en la Santísima Virgen no
cometen pecado considerable; 4) te formes en Jesucristo,
y Jesucristo sea formado en ti. Porque el seno de María
–dicen los Padres– es la sala de los sacramentos divinos,
donde se han formado Jesucristo y todos los elegidos: Uno
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por uno, todos han nacido en Ella (Sal 87 [86],5) .
196 Ver SM 52,
197 Ver VD 175.
198 Ver VD 32.
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