Page 478 - Obras_Completas_2da_Ed
P. 478

↑ ÍNDICE


                                      Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen

                   los  más  instruidos.  Ha  sido  necesario  que  la  Santísima
                   Virgen  se  haya  aparecido  muchas  veces  a  grandes  y
                   muy  esclarecidos  santos  –como  Santo  Domingo,  San
                   Juan  de  Capistrano  o  el  Beato Alano  de  la  Rupe– para
                   manifestarles  por  si  misma  el  valor  del avemaría. Ellos
                   escribieron libros enteros sobre las maravillas y eficacia
                   de  esta  oración  para  convertir  las  almas.  Proclamaron
                   a  voces  y  predicaron  públicamente  que,  habiendo
                   comenzado la salvación del mundo por el avemaría, a esta
                   oración está vinculada también la salvación de cada uno
                   en particular; que esta oración hizo que la tierra seca y
                   estéril produjese el fruto de la vida, y que, por tanto, esta
                   oración, bien rezada, hará germinar en nuestras almas la
                   Palabra de Dios y producir el fruto de vida, Jesucristo;
                   que el avemaría es un rocío celestial que riega la tierra,
                   es decir, el alma, para hacerle producir fruto en tiempo
                   oportuno,  y  que  un  alma  que  no  es  regada  por  esta
                   oración celestial no produce fruto, sino malezas y espinas
                   y está muy cerca de recibir la maldición.

                   250   Esto es lo que la Santísima Virgen reveló al Beato
                   Alano de la Rupe, como se lee en su libro De dignitate Rosarii
                   y luego en Cartagena: “Sabe, hijo mío, y hazlo conocer a
                   todos,  que  es  señal  probable  y  próxima  de  condenación
                   eterna el tener aversión, tibieza y negligencia a la recitación
                   de la salutación angélica, que trajo la salvación a todo el
                   mundo”.  Palabras  tan  consoladoras  y  terribles  a  la  vez,
                   tanto que nos resistiríamos a creerlas si no las garantizara
                   la  santidad  de  este  santo  varón  y  la  de  Santo  Domingo
                   antes que él, y después, la de muchos grandes personajes,
                   junto con la experiencia de muchos siglos. Pues siempre se
                   ha observado que los que llevan la señal de la reprobación
                   –como los herejes, impíos, orgullos y mundanos– odian y
                   desprecian el avemaría y el rosario.

                   Los  herejes  aprenden  a  rezar  el  padrenuestro, pero no el
                   avemaría  ni  el  rosario.  A  éste  lo  consideran  con  horror.
                   Antes llevarían consigo una serpiente que una camándula.
                                                                      479
   473   474   475   476   477   478   479   480   481   482   483